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Amor, sexo y tubos de ensayo: los matrimonios más famosos de la ciencia

La vida de personas unidas por la pasión y la historia, pero consagradas por el conocimiento. ¿Cuáles fueron las parejas que protagonizaron revoluciones científicas?
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Dicen que la experiencia del amor es un patrimonio compartido por todos los seres humanos. La historia del pensamiento científico no es ajena a esta afirmación. Son varias las páginas románticas entre reconocidos protagonistas de la ciencia que ejercieron una influencia, un enriquecimiento y una motivación mutua, no solo en el plano personal sino también intelectual. Sus trabajos, realizados en equipo, resultan pilares fundamentales para la ciencia moderna.

En esta nota, desde la Agencia de noticias científicas de la UNQ, realizamos un repaso por la vida y la obra de los Curie, los Lavoisier, los Cori y los Moser: protagonistas de estas curiosas historias de amor, donde la investigación minuciosa y la documentación precisa se unen a la alcoba. Y, casi todos, con un premio nobel entre las sábanas.

El primer gran dúo surgió en pleno siglo XVIII. Fue el de Marie-Anne Pierrette y su marido Antoine Lavoisier, conocidos como los padres de la química moderna. Se casaron en 1771 y aprovecharon la dote de la muchacha, que entonces tenía 13 años, para establecer un laboratorio bien equipado donde comenzar sus estudios. Entre otras cosas, Marie-Anne trabajaba junto a su marido, anotando las observaciones y dibujando diagramas de sus diseños experimentales, algo que fue de gran utilidad para entender los métodos y resultados de Antoine.

Así, ambos descubrieron el papel clave del oxígeno en la combustión y en la respiración de animales y plantas. Además, con sus experimentos probaron la Ley de Conservación de la materia —según la cual la cantidad de materia siempre es la misma al final y al comienzo de una reacción— y descubrieron que el agua está compuesta de oxígeno e hidrógeno. Si en ese entonces hubiera existido el Premio Nobel, posiblemente se lo habrían ganado.

Pierre y Marie Curie: un amor radiactivo

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La pasión que unió a Pierre Curie y a la estudiante Marie SkÅ‚odowska fue la más radiactiva de la historia. Pocas veces se encuentran dos vidas tan profundamente identificadas como las de este matrimonio. La historia de los Curie lo tuvo todo: romanticismo, idealismo, sacrificio y tragedia. Cuando Marie conoció a Pierre, ya llevaba tres años viviendo en París y estudiando en la Sorbona. En 1894, cuando el investigador le pidió matrimonio, hacía más de un año que trabajaban juntos en su laboratorio de París. Se casaron en 1895 y continuaron su investigación en un cobertizo, mal ventilado, sin ser conscientes de los efectos nocivos que tendría para ellos la exposición continuada y sin protección a la radiación.

En 1898, el matrimonio anunció el hallazgo de dos nuevos elementos radiactivos: el polonio y el radio, aunque aún tuvieron que pasar cuatro años trabajando en condiciones precarias para demostrar su existencia. Finalmente, en 1903 ganaron el Nobel de Física junto a Antoine Henri Becquerel, y Marie se convirtió en la primera mujer con este galardón.

Gerty y Carl Ferdinand Cori, unidos por el metabolismo

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Ciencia, amor, sabiduría y una enorme curiosidad por el metabolismo de los carbohidratos fue lo que los unió. Gerty Theresa Radnitz y Carl Ferdinand Cori se conocieron en la Facultad de Medicina de la Universidad de Praga y se casaron 1920, cuando ella terminó sus estudios. Dos años después, se animaron a salir de una Europa destrozada por la Primera Guerra Mundial y llegaron al Roswell Park Cancer Institute, en Buffalo, Nueva York, donde pudieron especializarse en la investigación del metabolismo de los carbohidratos.

Esta pareja de checos estaba particularmente interesada en estudiar cómo se metaboliza la glucosa en el cuerpo humano y en las hormonas que regulan este proceso. En 1929, propusieron el ciclo de Cori con el que más tarde, en 1947, ganaron el Nobel de Medicina. Este ciclo describe el mecanismo por el cual el glucógeno —un derivado de la glucosa— se convierte en fuente de energía en el tejido muscular para luego ser resintetizado y almacenado en el cuerpo. Se trataba de un mecanismo clave para entender cómo gestiona la energía del organismo.

May-Britt y Edvard Moser: en el mismo camino

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El matrimonio de noruegos May-Britt y Edvard Moser descubrieron, junto a John O’ Keefe, el “GPS interno del cerebro“ que posibilita la orientación en el espacio. Ese descubrimiento les valió para ganar, en 2014 el Nobel de Medicina. Gracias a su trabajo se puede entender el sistema por el cual el cerebro permite saber dónde se está y se dirige el ser humano, además de conocer de qué manera se almacena la información para poder recordar el mismo camino en el futuro.

Los Moser, que se conocieron cuando ambos estudiaban psicología en la Universidad de Oslo y se casaron en 1985, retomaron la investigación que O’Keefe había realizado en 1971. El neoyorkino había descubierto los primeros componentes de ese sistema de posicionamiento interno: unas células del hipocampo que permitían la memoria espacial y la orientación. Treinta años después, la pareja descubrió otro componente clave: unas células nerviosas que generaban un sistema coordinado y que permitían de forma precisa situarse en el espacio. Después de ser premiados por la Academia Sueca, ambos científicos (que tuvieron dos hijas y se divorciaron en 2016) siguieron con sus carreras por separado.

Por Mará Ximena Pere - Agencia de Noticias Científicas de la UNQ.


 

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